Un perro atado

Un perro atado

un perro atado

Estaba aburrido como un perro atado, sin luna y sin reloj. El viento soplaba a los cuatro vientos, y yo me deshacía en deseos de que pase algo. Era un domingo en el sentido literal de la palabra.

Mi hijo de cuatro años se atragantaba con una rodaja de zanahoria mientras yo moría de aburrimiento. Con herramientas rotas habíamos intentado reparar algo que todavía estaba sano. Y lo habíamos logrado, contra todos los pronósticos. Hasta el momento era el único logro del día.

Pero no era culpa nuestra, sino del clima, que hacía insoportable tanto estar adentro como afuera de cualquier cosa. Deposité mis últimas esperanzas en unas papas al horno.

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